Crónicas del olvido.


CRÓNICAS  DEL  OLVIDO.
“La sombra del avión”.
Luis Barrios Cruz.

Como si descubriera,  jubiloso,
En la alcoba del alma un dormido recuerdo,
o en el pan cotidiano el sabor de la sal,
o en la uva hecha de notas musicales
el peso del resol, desde las huertas
o sobre el agua fresca y primitiva
la transparencia de la mano de Dios,
descubrimiento simple del hombre simple,
he descubierto en súbitos  parajes
la sombra del avión.

Así comienza un libro, un poemario, un libro de poemas en el que Luis Barrios Cruz, (Calabozo 1898—Caracas 1968), publicado en 1954 por la Tipografía Garrido, se descubre asombrado viendo el cielo o lo que parece ser el cielo.

Podría estar fuera de tiempo. Podría ser que la sombra que se desliza sobre la tierra llanera no es más que un borroso recuerdo, un remedo  de las voces de otrora. Pero no es así: es la poesía de un horario que debería llamarnos para sabernos parte de esos versos de los que muchas veces renegamos, dejamos en el olvido y hasta escondemos de los programas de la escuela de Letras de nuestras  universidades. El paisano Francisco Lazo Martí, Efraín Hurtado, Arístides Parra, Ángel Bernardo Viso, Alfredo Coronil Hartmann, Mercedes Ascanio, sigue su curso en la lectura que muchos le debemos.

“Un poeta viejo para viejos lectores”, pareciera escucharse  en los muros recién carcomidos por este tiempo abrupto. Parecieran indicarles el tenor de pasar los ojos por sus versos y a descubrir de dónde provenimos, de que patio hemos emergido mientras los árboles  y el mismo cielo reclaman buscar ese país lejano, así, perdido, oculto tras las ramas secas de la desidia.

En el prólogo que Pedro Sotillo escribe para esta edición, podemos leer: “Algo decía Ruskin que para comprender a ciertos artistas había que situarlos en la infancia, con un fondo de montes azules. Muchas maneras existen para comprender a los poetas, pero para comprender hasta la médula a Luis Barrios Cruz hay que situarlo con su fondo de llanuras infinitas”. 

Sí, la infancia de este hombre fue frente al plano horizonte guariqueño. Una mirada sin fronteras, sin alturas. Una mirada llana, libre de alturas terrenales, la mano por donde el viento se deslizaba y se desliza y dejaba  caer la sombra de las nubes. Y la de un avión que el niño vio y convirtió – años después – en libro, en el poema que sigue diciendo: El avión anda siempre no más que por los aires a ras de infieles nubes, grisees, blancas, espuma de las graves lejanías, ¡pero cuánto  recorre sagaz y minuciosa la sombra leve del avión volando!  
Cielo y tierra. Inmenso océano seco, de terronales cubiertos por el vuelo solitario de un pájaro de hierro. El mismo cielo, la misma tierra, la metáfora del mar que también cantó  Lazo Martí, y que en la década de los años 50 del siglo  pasado Barrios Cruz elevó en materia metálica y vio desde abajo el arriba de su llano interminable. Esa mirada de niño se salva en este libro, queda en la permanencia de las páginas que hoy lanzamos a estos años sombríos.

En otra respiración del texto Barrios Cruz escribe: “Los que marchan arriba, por el éter/ en la cámara oblonga ensimismados/sonrientes unas veces las bocas distraídas/ otras un poco tristes las frentes pálidas/ ¿qué miran y que sueñan bamboleantes  /   de curvas en curvas del espeso vacío y sin contornos, / en tanto yo niños ojos libres / sigo ensanchando el mundo, el bello mundo, / cuando serenamente embelesado  me lleva por doquier / la sombra leve del avión volando ¿ / He renunciado al cielo”.

El libro equilibra la flotación del pájaro brillante de aluminio, del pájaro  que se mueve entre las nubes, y de esa imagen baja a la tierra para cantar a la sombreada  por ese vuelo altísimo. El poema se alarga entre diversas miradas de quien retorna al mundo que una vez Lazo Martí invocó. “es tiempo de que vuelvas”  se alza  desde los lugares donde el nativo vive y desde allí, desde  la lejanía, emerge el poema dedicado  al solar, a la calle vacía, a   los hombres  que recorren el polvo sobre un caballo o en éxodo transmutante siguen  la curva de un río, los ojos de las bestias del hato o el cimarrón o la sombra de un avión que deja marcas en las pupilas asombradas, campesinas.

Habla el poeta de los viajes, habla omnisciente, también protagonista desde el testigo que también se deslumbra poeta desde abajo. Narra el poeta y canta. Allá arriba, en el cielo: “Los que marchan a bordo, circurcristos / alma en pena son, o no son almas, / porque las almas  siempre, herederas del aura limpia, lúcida, / se quedan en su viejo solar, entre los pinos / ejemplares  y frescos de inconfundible armonía, / en la estancia del  nimbado sosiego y las caricias.

Y no tiene acento de extravío la voz del que canta en este libro. Cielo y tierra se tocan a veces líquidos, a veces gaseosos, a veces invisibles. El viaje, el viajero: todos viajan, los que viven abajo y los que pernotan  un rato en las alturas. Uno se afincan en la tierra y otros huyen de ella.

Y así
“Es de los emigrantes. / Suerte de nueva raza dispersa por el mundo, / e inmóvil a su lado, lánguida, indiferente, / una mujer del norte, apenas rubia / con su hijo en las piernas, sobre el hombro / ya derecho  y a izquierda, con resignada lentitud / inclina la cabeza desde una vaga remembranza.

La imagen anterior se fija en el presente. Un más allá extraño del que salen personajes que llegarán a este país. El hoy, invertido, hace del poema espejo, referente. La sombra de un avión es también la sombra del que huye a pie, del que sube al bus y no retorna, del que se hace sombra memorial.

Desde la sombra, desde el vuelo, el ojo del poeta se sumerge en la corriente que cruza la llanura. Ve la tierra plana, como un cuaderno de vieja escritura. Viaja, se detiene, cuenta, respira el paisaje que siendo indio es universal, moderno, lleno de símbolos: “¿En qué sitios pueden hallar los ojos moribundos / y los altos latidos del corazón palpado y verdadero / una encarnada rosa, un sonrosado nimbo de manzana, una verde / o amarilla pradera y mariposas? / ¿Un río como una esperanza, un enjambre sonoro / azulejo revolando en torno de la copa recién nacida / de un viejo roble entre los brazos de la primavera?”
Veintiún cantos hacen este libro. El último, un soneto. Este que dejó en el aire, bajo la sombra de un avión que nos asigna el tiempo.

Condúceme doquiera, sombra amiga.
Guiado por ti puedo palparlo todo.
Cabe el  soberbio mar mínima hormiga,
La recta de la luz en el recodo.

Loa inhiestos manjares, y la miga
Para la simple mesa, de fiel modo,
Y juntas la nostalgia y la cantiga
Y sumamos Narciso y Cuasimodo.

Condúceme doquier, sombra hermana.
Guiado por ti puedo abrazar la vida
En dialogada plenitud  hermosa.

Contigo cada cosa es tan humana,
Contigo en el desierto y la guarida,
Al estampar a Cristo en cada cosa.

Cortesía de:
Andrés Hernández.           
Calabozo 3 de enero 2019.










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