Juan Berjan.
JUAN BERJAN.
Nos ubicamos en Calabozo cuando era
Capital del Estado Guárico en tiempos del dictador Juan Vicente Gómez. Capital
que terminó en 1934, la dictadura la cambió primero a Ortiz, luego a San Juan de los Morros. Carecía de los mínimos adelantos sociales de
la época. Su medio de locomoción era la carreta, el caballo y a pié; posiblemente
de esa época nació el sofisma de los “de a pié”.
En ese escaso poblado, vivían bien los notables, las familias ancestrales
que poseían fundos agropecuarios, casas solariegas, hogares bien constituidos
que enviaban a sus niños a la escuela o lo común una maestra particular le
enseñaba las primeras letras. Pero Calabozo poseía pobladores que mutuamente se ayudaban,;
cuando el dueño del hato iba de vaquería a su fundo, se quedaban 15 días y distaban a leguas del pueblo, --el pueblo que
lo sabe todo--,decían que el Sr. se llevaba a una mujercita para que lavara,
cocinaba y…lo que Ustedes piensan, es por ello que hubo tantos hijos “naturales en la provincia”.
Cuando el Sr. llegaba de su vaquería,
rápidamente enviaba – con un muchacho llamado de mandados,chocotero, hendía la leña, sacaba agua del jagüey, bañaba y ensillaba las bestias, “lleve esta mano
de topocho al compay Raúl; esta carne seca al compay Pedro”, ese era lo común. A
grandes rasgos pinto el ambiente socioeconómico y familiar de Calabozo en esos
años treinta, cuna del Poeta y Médico Francisco Lazo Martí.
En los límites entre el pueblo y la
amplia y bella sabana llanera, existían pobladores que vivían en ranchos vulnerables, veían a
través de sus techos y meciendo su
chinchorro el celeste estrellado donación del todo poderoso. En este sitio
vivía una indiecita, Ángela, así, no tenía apellido porque no sabía quién fue
su padre. Ángela venía al pueblo en carreta por cortesía de un vecino – que
después cobraba en especie--. Esta amiga Ángela, humilde, analfabeta, sumisa
por pobreza, le cocinaba a una familia calaboceña, de esas que tildaban de godas o mantuanas porque las Sras. Iban a
misa a las 8 de la mañana con un enorme mantilla le cubría la cabeza y espalda, un abanico para el sofocante bochorno y no llegar tarde a la misas de la Catedral del Padre Azconegui ; haciendo caso omiso a los comentarios de ciertos pobladores sentados en la plaza.
Ángela por cosas del destino y aumento
del estrógeno femenino, salió preñada, se le hizo imposible cumplir con su humilde trabajo, porque venir en carreta desde
la sabana al pueblo le era dificultoso, decidió no venir a cocinarle a la
mantuana y pasar su “barriga” y parió en su noble rancho, con su gente, con una comadrona que se mudó a su casa,donde
se ayudaban unos a otros para sobrevivir,tal vez no cumplió la cuarentena, pues carecía de las 40 gallinas que se comían una cada día las señoras pudientes..Al
natural, como dice la Biblia. Parirás tus hijos con dolor, trajo al mundo otro
desposeído por la lotería social, a un varón que fue atendido por las amigas
del barrio, aseado y vestido como se
pudo.
Lo bautizaron en la Capilla de Todos
los Santos de Calabozo, con un nombre correcto JUAN, nunca se supo su verdadero
apellido, no se le conoció padre, ningún carretero se responsabilizó por la
paternidad del recién nacido. La vida
como siempre, continúa, hora a hora, día a día, mes a mes y al final se suman
los años que es la edad de cada cristiano.
Juan, vivó en extrema pobreza, no tuvo
estudios, no tenía oficio conocido, pero era buena gente. Tuvo como
característica personal ser un gran hablador de tonterías, pero eso lo ayudó en
su vida porque nadie lo encontró
agresivo y se hizo muy simpático, los pobladores lo bautizaron como “el loquito
del pueblo”.
Como anteriormente referí, el tiempo
pone todo en su lugar, muere Ángela, es enterrada rápidamente en una fosa
cavada en la sabana, le echaron cal y luego tierra, creció el monte sobre su
tumba y hoy no se reconoce la tumba de Ángela.
Juan queda solo, en su rancho, su
chinchorro y las tres topias para cocinar con leña, si encontraba que cocinar.
Nuestro amigo visita el pueblo diariamente, siempre logra algún regalo
monetario, sin llegar a ser petardista y alguien le regaló un “paltó” que, por
ser de corta estatura Juan usó aun cuando le llagaba a la rodilla el fulano
paltó, alguien del mismo ´pueblo con más instrucción lo bautizó nuevamente, lo
llamó “JUAN BERJAN”, quizás un calaboceño ilustrado que había leído los
Miserables de Víctor Hugo y lo asemejó
malamente a Jean Valjean. Así quedó
nuestro amigo para la eternidad de su vida, pero Juan Berjan fue muy honesto y
logró aprender a fabricar velas de cebo de ganado, muy útiles en los ranchos donde no tenían medio de
iluminarse durante las noches, a veces con luna llena ni poseían lámparas de
carburo.
Juan Berjan, un pobre “pata en el
suelo” era apreciado humanamente en el pueblo; su cuido y aseo personal era
escuálido, sus uñas llenas de mugre por la elaboración de la velas, nadie le
daba la mano, solo hablaban con él.
Un día por fiestas patronales, en sus largas
caminatas, Juan Berjan visita a un botiquín muy pueblerino, cuyo dueño, Agustín
Aponte, muy amigo de nuestro héroe, esa noche el pequeño local estaba lleno, Agustín
también era producto de la lotería social, tomó todos los números y perdió. Era
tiempo del dictador Juan Vicente Gómez; muchos aduladores, los cortesanos que
le han causado mayores males a Venezuela, ladrones prodigiosos, ladrones
eternos como la mayoría de nuestros políticos.
Agustín invita a Juan Berjan a un
trago de caña blanca, el visitante nota que Agustín tiene pegado en la pared del negocio un retrato del general
Gómez, posiblemente para evitar agravios políticos. Juan Berjan traspasa el
mostrador y voltea el retrato, queda la cara de Gómez contra la pared y sigue
tranquilamente su caminata al rancho.
Al día siguiente cuando Juan Berjan
retorna al pueblo para la venta de sus velas, es apresado por las “fuerzas del
orden”. Había sido delatado como enemigo
del régimen y pasó dos años en la cárcel, con una calidad de vida peor que la
que disfrutaba en su rancho.
Más nadie se ocupó de hablar o ayudar
a Juan por miedo a ser detenido. Con demasiada pobreza, tristeza, murió el gran
loquito del pueblo Juan Berjan, el de los Miserables. Moribundo, le confió a un
compadre que le acompañó en su agonía: ”compadre la riqueza del pobre es su
honestidad” .
Julián Viso Rodríguez.
Médico / Cirujano.
E/mail: julivisorodriguez@gmail.com
Villagarcía de Arosa, 15 de diciembre
2018.
Buenos días Julian me encanto leer tu cuento que es historia , tu ya me lo habías contado en mi casa en las horas que compartimos nuestra hermosa relación la que disfrute y disfruto todavía...ya que la historia es de la vida real con tus inventos anedocticos y caracteristicos de la vida de ese momento ....me ha encantado es sensacional ya que considero que tu escritura entretiene y enseña,
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